Bienvenidos a LAS PÁGINAS VULGARES. Cositas periodísticas de Maurice Echeverría.

Ana en el incendio



Abril 25, Día del Libro. La librería Del Pensativo, ubicada en la Calle del Arco, en la Antigua, es consumida por un incendio. Posiblemente, el accidente se debe a las viejas y malas instalaciones eléctricas del lugar. Una de las librerías más importantes del país deja en el acto de existir.

Pero no sólo la librería sufre el embate del fuego. Todos los libros de Ediciones El Pensativo, guardados en una bodega hecha de madera, en el segundo piso, son atacados por las llamas. Del humo cuelgan todos esas palabras carbonizadas, publicadas a lo largo de una veintena de años de esfuerzos editoriales. Todo arde, salvo un libro, de Ramírez Amaya, titulado, con gran tino, El pájaro sobreviviente.


Las palabras que arrastra el fuego

Parqueo mi carro enfrente de la casa de Ana Cofiño, dueña de Ediciones El Pensativo y de la librería del mismo nombre: antropóloga, feminista, editora, investigadora, historiadora, activista cultural con tendencia a virar la izquierda.

Quien entra a la casa de Ana Cofiño se topa lo primero con un escritorio y un resto de libros. Es, la suya, una señora biblioteca, que me va mostrando con orgullo.

Con los libros Ana ha tenido una larga relación. Antes de El Pensativo, tuvo otra librería parecida en San Cristóbal de las Casas, Soluna.

Hay una gran chimenea en donde arde un fuego. Y un olor delicioso impregna todo el lugar, algún sahumerio que se va quemando. Ana me muestra todos los ambientes, en donde hay una vaga atmósfera de finca, de casa patronal. Pude acariciar el lomo de dos perros ­–es decir un perro y una perra– negros y nobles.

Pero éste no es lugar donde vamos a hacer la entrevista; decidimos hacerla en otra casa, en donde de momento se encuentran los libros que quedaron del incendio. Dos mujeres ­–que Ana me presenta– y Chito –el mismo que atendía en El Pensativo de la zona 9, conocido de todo comprador de libros que se precie de serlo– están tratando de rescatar y ordenar los libros que el donoso escrutinio del fuego no destruyó demasiado. Procedemos a hacer la entrevista.

Ana, ¿qué va a pasar con la librería?
–Se va a cerrar. Aunque todavía hay días en que me digo que la deberíamos de abrir. Es como un vicio. Lo que pasa es que para que una librería dé dinero se requeriría que yo fuera una administradora de empresas, que no lo soy. Lo que natura non da Salamanca non presta. Con el libro electrónico y todo eso, nosotros tendríamos que dar un salto cualitativo fuerte. Pero a mí lo que me gustan son las librerías pequeñas, donde no te ahogás en aquel maremágnum de libros, en donde podés hablar con el librero.

¿Qué libros y autores fueron tragados por el fuego?
­Lo que tengo más en la piel es lo que se quemó de Ediciones del Pensativo, lo que fue producido por nosotros. El primero libro que sacamos fue Ejercicios para definir espantos, de Carlos Navarrete. Lo sacamos en 1989. Luego le siguió La Revolución guatemalteca, de Luis Cardoza y Aragón, que salió a cincuenta años de la Revolución: fue la primera edición guatemalteca de ese libro. Me dolió mucho ver, en el camión que se llevó todo al basurero, el libro sobre Alaíde Foppa, lo de Mario Payeras, lo de Yolanda Colom. Lo mismo lo de Luis de Lión, porque él juntó sus centavos, desde su pobreza de maestro en el área rural, para hacer una edición del libro Los zopilotes, y se la hicieron tan mal, tan chafa, que la quería quemar. Y ahora resulta que esta nueva edición se quema...

Una justicia misteriosa.
Esa imagen de quemar libros es como el último gesto que uno puede hacer: inmolarse. Cuando yo conocí a Joaquín Orellana, estaba a punto de hacer una pira de sus instrumentos sonoros, de la pura desesperación de vivir en este país.

Un escritor no está contento con su novela, y decide quemarla: ¿es válido?
–Por supuesto, es como suicidarse: es totalmente válido. Me parece muy digno reconocer que hay una obra que no vale la pena y romperla. Lo que sí no acepto es que alguien más decida por vos, y te queme tus libros, que es ya la inquisición. O que alguien más decida que lo que vos estás escribiendo no vale y que te maten. Que es lo que han hecho aquí en Guate.

¿Qué pensás hacer con los libros rescatados del fuego y del agua de los bomberos?
–La idea es hacer una venta de quemazón, para no tirarlos a la basura. La intención es hacerlo allí mismo en la librería, en la Calle del Arco, con el local tal y como quedó después del fuego.

¿Y qué hay del proyecto editorial?
­–El proyecto editorial continúa. Seguirá a un ritmo lento, como nos ha caracterizado. Mi relación con el libro no termina: de hecho, fantaseo con una biblioteca y/o un centro de investigaciones, propiciar lo que las feministas llaman comunidades epistémicas.

¿Vas a reeditar lo quemado?
–Un libro que sí valdría la pena reeditar es el de Luchas de las guatemaltecas en el siglo XX, de Lorena Carrillo. Es el único libro de texto de historia de las mujeres en este país. En general, me parece que la editorial se va a inclinar bastante más hacia cuestiones de mujeres. De hecho, ya veníamos haciéndolo. Pero claro, ¿quién iba a resistir la tentación de publicar a un Payeras, a un Rey Rosa, a un Horacio Castellanos Moya?

Lo único que se salvó del fuego de Ediciones El Pensativo, fue El Pájaro Sobreviviente de Ramírez Amaya.
–No era mi libro más querido. De hecho, me sorprende que las feministas no se hayan dado cuenta de lo fálico que es. Hubiera preferido que quedara vivo El dictador y sus perros fieles. Ése se quemó todo.

Sabemos que Ramírez Amaya perdió buena parte de su obra en un incendio parecido. ¿No es el hecho de que esta vez no se haya quemado su libro una forma de compensación?
­–Ah sí. Además fijáte que es muy simbólico: un ave que sale del fuego. Aunque no sea esotérica, ni sea creyente, yo creo que la vida te da luzasos, te da chispazos, te proporciona guiños, te sorprende con cosas que son chistosas.

¿Cómo te pareció la forma en que Ramírez Amaya se refirió a su ex compañera Ana María Rodas en la película de Luis Urrutia?
­–Super ofensiva. Yo reconozco en la obra de Ramírez Amaya un montón de cualidades, pero también soy crítica con ese aspecto. El Teco sabe que es un macho y hace gala de eso. Yo soy de su generación, y para mí fue un ícono con gran significado político; y visualmente también soy admiradora de la mano del Teco. Pero cuando terminé de hacer El pájaro sobreviviente fue cuando me cayó el veinte: este personaje no es ni más ni menos que un falo. Cuando me di cuenta de eso, me sentí molesta conmigo misma.

¿Te arrepentiste?
­–No. A lo hecho pecho.

Exactamente en el momento en que platicábamos de la posibilidad de hacer esta entrevista, nos encontrábamos vos y yo en la última exhibición de Irene Carlos, y empezó caer de golpe la arena del Pacaya. ¿Qué impresión te dejó esa expresión volcánica?
–Nos recuerda que no somos permanentes, que estamos a merced de muchas circunstancias. El sistema social está dando señales de enfermedad. Hay una negligencia política y una incapacidad de quienes nos han gobernado de crear las condiciones para poder convivir con una naturaleza tan intensa. Más bien, se ha dado un empeño en destrozarla.

Hay quienes dicen que fueron los musulmanes y el Califa Omar los responsables de destruir la Biblioteca de Alejandría. Otros están en desacuerdo con esta teoría. Hay una guerra de percepciones que viene desde tiempos remotos y sigue hasta la fecha. ¿Cuál es tu mirada sobre el universo islámico?
–Yo conozco una autora feminista que se llama Fatima Mernissi. Ella es marroquí y escribe sobre las mujeres musulmanes. Se educó en Francia, en la Sorbona. Ella me permitió mucho acercarme al mundo musulmán de una manera muy crítica. Ella trata de explicarnos y explicarse por qué se ha llegado a tener esta visión misógina a partir Corán. Agarra desde los primeros coranes, cómo han sido reintrerpretados, igual que las biblias, igual que todos estos libros sagrados, que se han convertido en instrumentos patriarcales de dominación. Entonces es para mí una vision de la cual yo he partido para conocer el mundo musulmán. Fatima Mernissi habla del Corán con mucho conocimiento y da interpretaciones mucho más democráticas del mismo.

¿Cuál es tu percepción del hiyab, el velo que deben usar las mujeres musulmanas?
–Ya se ha complejizado mucho esa situación porque se ha vuelto un signo de identidad política. Ya no es nada más un signo de identidad religiosa ni tampoco una herramienta de opresión, es también una defensa cultural. El problema es cuando se basa en un fundamentalismo y en una imposición. Es como las luchas que han hecho las mujeres mayas por seguir usando el corte. Se los han querido quitar en las escuelas, en las fábricas. Muchas mujeres indígenas de mi generación fueron obligadas a quitarse el corte para no ser victimas de racismo o de la represión política, porque era un signo de identidad tan evidente, que las ponía en peligro. Cualquier persona que vaya con traje indígena es objeto de abusos, de discriminación, de insultos. Pero yo pienso que con los pasos que ha dado el movimiento maya, los trajes han pasado a reutilizarse así como los idiomas, en un gesto de defensa cultural.

¿Podrías darme tu opinion sobre el ataque al barco con ayuda humanitaria para Gaza?
–Mirá vos, yo he declarado públicamente mi simpatía con el pueblo palestino
–no con las organizaciones políticas, necesariamente. Sigo manteniendo mi oposición frente a la actitud militarista de algunos sectores que han gobernado Israel, que han sido los más. Me gustó mucho las declaraciones que dio Amos Oz hace unos días con respecto a eso. Él dijo que la gente de una derecha recalcitrante que gobernaba desde posiciones militaristas estaba tomando las peores medidas. Que había mucha gente en Israel que creía que el pueblo palestino tiene derecho a un territorio libre. Y es cierto: lo que pasa es que los medios de comunicación nos pasan solamente las imágenes opuestas, y no ponen de relieve toda esta colaboración, estos vínculos estrechos que hay entre el pueblo judío y el pueblo árabe. Políticamente, fue una medida absurda. Esos gobiernos israelís que han secuestrado el agua subterránea, que derribaron los árboles de olivo, que le pasaron una aplanadora encima a una chava indefensa: a eso yo me opongo. Es de una crueldad desmedida.

Es una práctica común en los estados represivos allanar las casas en busca de libros considerados subversivos y quemarlos.
–El MLN hizo quemas de libros, y durante mucho tiempo en la época de los militares, después de Castillo Armas, la gente escondía los libros, lo cuál fue un gesto maravilloso de la cultura de izquierda en este país, que ha sido una cultura perseguida. Yo creo que, ahora que están surgiendo historiadores guatemaltecos con otras perspectivas, nos van a dar cuenta de la influencia que tuvo el PGT en este país, una influencia que no hemos dimensionado. El haber introducido el marxismo, no sólo como línea doctrinaria, sino como una cultura, como una teoría del conocimiento: es muy distinto que tu marco venga del positivismo a que venga del marxismo: es otra mirada de la realidad. La literatura que se produjo bajo el ala del marxismo constituye una enorme producción que la derecha jamás ha tenido. La influencia de La patria del criollo en las ciencias sociales de este país es innegable. Cuando se estudie alguna vez la historia del libro en Guatemala, se verá cómo toda esa influencia fue determinante en el siglo XX.

Nora Paiz y Otto René Castillo fueron quemados en Zacapa en 1967. ¿Ese evento tuvo alguna clase de huella en tu formación política?
­–No ése: todos. La época de Arana y los cateos y la represión y los soldados en las calles bajándole los ruedos a las minifaldas y quitándole los pelos a los chavos y los bombazos y los toques de queda y los estados de sitio, y lo de Oliveiro Castañeda, que era de mi edad, y los murales del Teco en la San Carlos, en donde yo estudié, y Otto René Castillo, que leí ­con cuidado, sabiendo que era un material que no se podía enseñar en cualquier lado... Aún tengo el artículo de LIFE que yo leí de niña en donde contaban todo lo de Rogelia Cruz. Todo eso es para nosotros nuestra épica, nuestras canciones, una época culturalmente muy potente. ¡La imagen de Turcios, el guerrillero heroico! Al mismo tiempo estaba ocurriendo la revolución sexual, las drogas. Fue una época de mucha pasión, de una demanda, de una autoexigencia tremendas. En ese tiempo había que leerlo todo, había que fumárselo todo, había que cogérselo todo. Y no se podía quedar uno de brazos cruzados, porque era injusto lo que estaba pasando.

Uno de los libros que El Pensativo editó fue Alaíde Foppa, el eco de tu nombre. Este año se cumplen 30 años de su desaparición forzada. ¿Encontraremos alguna vez a nuestros muertos, Ana?
–Si los buscamos. Y siempre va a haber alguien que los quiera seguir buscando. La justicia tarda pero llega. Mirá todo lo que han hecho los argentinos. Y siguen y siguen. Y han aparecido niños. Y aquí también. Han encontrando a muchos niños que fueron secuestrados durante la guerra. Han reunido familias. Y lo que pasa es que de eso sólo se entera quien se quiere enterar. Pero poco a poco. Yo estoy esperando a ver qué encuentran en La Verbena. ¿Ya fuiste a La Verbena? ¿No? Tenés que ir, Maurice. Yo creo que hay una intencionalidad institucional muy fuerte por tener la historia en la sombra. Yo en eso estoy metiendo mucho mis energías. Yo creo que un grupo humano sin historia tiene una base muy pantanosa. Todo esto de recuperar la memoria, de cuidar nuestros documentos, lo del archivo de la policía, abre muchas posibilidades no sólo para ese período sino para el presente. En la medida en que nosotros podamos tener los recursos para saber más de nosotros, en esa medida nos vamos a fortalecer más como colectivo social. Ese menosprecio por la historia no es casual: es político. Y hay una lucha por el pasado ahorita. Igual no quieren hablar de sexo en esta sociedad , porque el deseo y el sexo son revolucionarios, porque tocan el meollo de la explotación y la violencia.

También estamos a 30 años de la quema de la Embajada de España. ¿Podrías darnos un comentario al respecto?
­–Yo creo que esos eventos no pueden ser aíslados unos de otros ni del contexto. Es una época de mucho terror. A mí no me gusta referirme a ese período como de guerra civil, de conflicto armado interno: es el período del terror institucional y de la lucha antisubversiva. Sí hubo gente armada en la izquierda: la guerrilla. Pero no estaba el pueblo en armas. En algunos lugares la población apoyó a la guerrilla pero no eran contingentes armados a los que masacraron. No era una confrontación: era represión pura. La gente salía corriendo y la mataban. Cuando la gente decide tomar las armas es porque aquí ya no hay ningún espacio de discusión política. Es por desesperación. El Mico Sandoval Alarcón fue quien habló de la violencia institucionalizada, y eso generó la violencia de las FAR.

¿En dónde estabas vos a todo esto?
­–Yo era estudiante de antropología en México. Allí me tocó conocer esa otra Guatemala: la de los exiliados, la del pensamiento de izquierda, la de los refugiados también, y toda la violencia y la represión. Mucha gente en la ciudad de Guatemala ni se enteró de lo que estaba pasando. Además, enterarte te obligaba a tomar una posición.

Había ese efecto avestruz de meter la cabeza en la tierra.
–Que en última instancia es también una posición política. Porque aquí si no era en tu familia, era en tu barrio; y si no era en tu barrio, era en tu chamba. Siempre había alguien que lo secuestraban o que lo mataban o algo.

¿Te dan ganas de abandonar la lucha a veces?
–De tirar la toalla y salir corriendo, por supuesto que sí. Pero son los fantasmas de uno, ni caso les hago. Si uno no aprende que la vida es así, entonces sólo vas de ruptura en ruptura.

De la quema de brujas estoy seguro que me podés decir algo interesante, desde un punto de vista feminista.
–Ésa fue una cosa que me empezó a inquietar hace muchos años, y yo siempre que tengo una inquietud busco libros. Es tan lindo ese viaje: investigar. Y me di cuenta que había sido una cacería de brujas, no de brujos. Yo no lo sabía entonces, pero muchas feministas en otros lados del mundo ya estaban investigando qué había significado eso en la historia de las mujeres y de la humanidad. Efectivamente, tiene mucho que ver con varios frentes que son pilares del patriarcado. Para empezar, el religioso: la iglesia católica como institución fundamental, luchando contra las religiones paganas que son más libres, más igualitarias, y que no conciben la naturaleza como un espacio para conquistar. Por otro lado, tenemos la lucha del patriarcado en lo que se refiere al conocimiento, porque todas estas mujeres que fueron incineradas fueron las médicas, las comadronas, que tenían conocimientos ancestrales de las plantas, de las drogas, pero para uso benéfico. Y también tiene que ver con las mujeres como seres independientes, mujeres que hoy se llamarían jefas de hogar, mujeres que atentaban contra el sistema patriarcal. Te encontrás con el Malleus maleficarum, que es este libro famoso sobre cómo distinguir quién es la bruja, cómo se hacen las confesiones, bajo qué torturas, qué castigos; una compilación de horrores del patriarcado. Para las feministas las brujas se convirtieron en un referente de nuestra historia: esto nos puso al descubierto cómo funciona la opresión patriarcal.

Farhenheit 451, la famosa novela de Bradbury, que retrata un mundo ominoso en donde los bomberos queman libros, fue publicada la primera vez en Playboy. ¿Quemarías tu las revistas Playboy si estuviera en tus manos?
–Yo no tomaría medidas arbitrarias, pero creo que hay que condenar a la pornografía. En toda la pornografía la mujer aparece en una posición de subordinación absoluta y en situaciones violentas. Yo no me opongo a que el cuerpo se exhiba; a mí me gusta el arte erótico. La sexualidad humana hay que desmitificarla, estudiarla, luchar para que se pueda ejercer de una manera sana, libre, informada. Pero la pornografía es un negocio. No se trata de quitarla a través de la fuerza, pero de que la sociedad misma se proteja de esas amenazas.
¿Hay que guardarle resentimiento a la iglesia católica por quemar libros mayas?
A la iglesia hay que hacerle un juicio histórico, y que se acabe, porque nada bueno nos ha traído. Las religiones patriarcales han sido el fundamento para que las mujeres seamos la parte menos beneficiada del sistema.

¿Cómo te enfrentás personalmente a las injusticias de la vida?
–Procuro hacerlo con lucidez, con fortaleza, con determinación. ¿Cuál es la fuente de esa determinación? La certeza de que las cosas no deberían ser así, y de que la injusticia no es mandato divino, es una hechura, es una construcción. Tiene razones y causas. Yo tengo herramientas psicológicas, emocionales, ideológicas, que me permiten ver la realidad sin esperar que me la resuelvan del más allá. Entonces me da a mí mucha responsabilidad. Yo no le puedo pedir a Dios: soy yo quien tengo que enfrentar las cosas. Mi ruptura con Dios es cada día más contundente.


Me despido de Ana

Ana Cofiño nació en el ´55. Yo nací más adelante, en el ´76. Nos ha tocado vivir distintas experiencias. Formo parte de la primera generación de posguerra, y personalmente, desconfío bastante de lo discursivo y lo ideológico. Ana fue parida por un pájaro más político y comprometido. La veo como una especie de dinosauria, una atea feminista intelectual guerrera humanista luchando luchas que yo ya dí por perdidas.

Pero con todo y esas diferencias, guardo por ella admiración. Y me da la impresión que ella me tiene algún cariño. Salgo de su casa con una quincena de libros que me ha regalado, y la sensación de haber conversado con una amiga. Hoy es el Día de los Desaparecidos.

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