Bienvenidos a LAS PÁGINAS VULGARES. Cositas periodísticas de Maurice Echeverría.

Carolina es Ofelia



¿En dónde diablos está el libro de Carolina? Lo leí hace unos días, luego no sé qué lo hice.

Estoy hablando –para ponerlos al tanto– del poemario de Carolina Escobar Sarti titulado Te devuelvo las llaves, a ser presentado el próximo jueves. El libro fue publicado por la editorial F&G Editores, del persistente Raúl Figueroa Sarti.

Le dije a Carolina que nos juntáramos en el restaurante Los Alpes el otro domingo, para una entrevista, y así lo hicimos, y fue un error, porque el lugar estaba a reventar. Decidimos migrar a Sophos –es decir ella y yo y además su madre, que la venía acompañando, una señora bastante lúcida, para ser octogenaria. Y si no que lo diga el libro que llevaba consigo y leía, de título más bien hardcore: “La masacre de Panzós”.

Pues nos hemos ido a Sophos, y allí todo más callado; le puse rec a la grabadora.

Carolina estaba como siempre muy guapa, muy digna, muy arreglada. Pueden googlearla y se van a dar cuenta que en todas las fotos aparece con esos collares tan puestos: “Si hay algo que me puede definir a mí son los aretes y los collares”, me dice.

Carolina Escobar Sarti nace justo en el año sesenta (es curioso que Elena Poniatowska se refiera a ella en la contraportada de Te devuelvo las llaves como “la joven Carolina”). Como ocurre a menudo con los hermanos más pequeños en familias en donde hay varios hermanos, se le puso una atención más diluida que al resto. Lo cual por demás ella agradece bastante, porque eso le permitió constituirse como una observadora y, se infiere, hacerse de una sensibilidad personal, un mundo privado. Hoy vive en la periferia de la ciudad (“En mi casa yo no vivo sino me escondo”) y tiene dos hijos, uno de veinticinco, el otro de veintisiete.

Carolina Escobar es una mujer compleja, semántica, una intelectual tal cual. Cuando habla va generando úteros discursivos que ella misma fertiliza con las propias palabras. Yo le hago una pregunta y ella me responde con una respuesta muy filosófica y tecnificada. Dice cosas como: “Yo soy un acontecimiento y desde ese acontecer voy con la consciencia al mundo”. Si anotamos el hecho de que le fascina bailar (y le gusta bailar de todo, con posible excepción del tecno) entonces lo que tenemos es una cumbiera intelectual, à la Kevin Johansen.

La grabadora va registrando sus ideas sobre la posmodernidad. Por ejemplo: Tenemos una obligación hoy en la posmodernidad de redefinirnos desde el nomadismo. La ética de este tiempo nómada nos manda a poner en otro lugar las ideas y los sentimientos”. También: Aquí en Guatemala lo que tenemos son islotes posmodernos en un estado colonial”. Y más:Yo siento que tenemos en esta época posmoderna un horizonte mucho más amplio, pero estamos perdiendo profundidad”.

Me habla sobre trascender la muerte: Es un ejercicio de contemplación hacia atrás y hacia delante: de reconexión con el primer ser humano que puso los pies sobre la tierra y el último que habrá de poblarla.” Aquí Carolina habla de la “interconexión espiritual que hemos venido estableciendo como especie, y que tiene que ver con el decir, con el empalabrar, con la consciencia profunda. La trascendencia a la muerte no tiene que ver con espacios físicos o materiales de producción: es la combinación de los múltiples lenguajes”.

¿Cuál es tu definición de consciencia?, pregunto. Responde: Consciencia es no permitirme exiliarme de lo humano”. ¿Es la consciencia un fenómeno privadamente humano?, vuelvo a interrogar. Me da una larga respuesta, pero sólo voy a recoger el final de la misma: Yo no puedo hablar con justicia sino desde la dimensión humana: no soy piedra ni soy ave. No puedo interpretar a nada ni a nadie más.” También le pregunto si cree en Dios. Me responde con un lacónico “no”.


Los oficios de C.

Carolina es una mujer de múltiples actividades, oficios, talentos: se ha dedicado a la investigación, comunicación, el periodismo, el alpinismo académico, la docencia, la escritura, la consultoría, y si no estoy mal asímismo al feminisimo. Entre otras cosas, seguramente. De todo ello me dice, en clave casi zen: “Entre más estoy, menos estoy”.

Esa mujer ni duerme. A veces termina su jornada a los dos, tres de la mañana. Y luego se levanta a las cinco y media, seis. “No quiero entrarle a nada desde la meridianidad”, explica. A veces son las personas más ocupadas las que más tiempo tienen”, me sale con otro koan.

Se le conoce a Carolina como periodista. Me refiere sus inicios en el diario Siglo XXI, hacia el 93, en Pulso Económico. Todos hemos leído sus columnas. Hoy en día ya ha juntado un buen millar de columnas de ellas. En el año 2000 recibió el Premio UNICEF a la Comunicación.

También se ha dedicado a las consultorías, desde el 94. Realmente, hay un lado muy institucional en Carolina. En efecto, ha formado y forma parte de toda suerte de instituciones democráticas, culturales, literarias y libertarias. Le pregunto si le gusta trabajar en ellas. Y replica: “Allí tengo que confesarte que estoy en un período de paradojas personales. Me he visto en muchos de mis artículos defendiendo la institucionalidad. Por otro lado he sido una transgresora de múltiples instituciones. Institucionalizarme no me resulta fácil por la definición que hemos hecho de las instituciones. Pero obviamente alguna fe tengo en ella. Esas instituciones son lo único que nos va quedando para preservarnos.” Cuando lo de Zelaya, Carolina defendió la democracia, sin ser zelayista: “¿Por qué no pudimos ser más creativos? ¿Qué era lo único que no habíamos hecho? Si había que enjuiciar al Presidente, pues había que enjuiciarlo…”, me va diciendo.

Hoy en día Carolina es docente en tres universidades. ¿Qué es lo que más odiás de ser catedrática?, le lanzo. En todos los ámbitos lo que más quisiera borrar es el poder. Creo que las mayores tiranías se pueden cometer desde los púlpitos. No quisiera ser púlpito jamás. Quisiera ser escuchada, sí. Llevo una vida viéndome hacia abajo, hacia adentro, hacia los lados, conectándome con otros seres humanos. Me interesa ser escuchada y escuchar a los otros. Y a veces me interesa más escuchar a los otros.” Tristemente, a veces los otros no entran en este intercambio dialógico, en cuenta esos estudiantes que están allí por el título y nada más.

A Carolina le hubiese gustado hacer menos consultorías, tener más tiempo para escribir. “Yo me siento lista para sólo escribir. Pero todavía no puedo dejar lo que estoy haciendo”, detalla–explica.

¿Te gusta o te cansa todo ese bricolaje profesional de la literatura: los homenajes, las presentaciones, los festivales?, ahora le pregunto. “Ni me gusta ni me cansa. Yo estoy pero no estoy”, enfatiza. Estando pero no estando ha estado en lecturas literarias desde Granada a Hungría, pasando por el eléctrico festival de Medellín, en donde leyó en un anfiteatro al aire libre en donde la lluvia salmodiaba. Pero el público no se movió, leal a la palabra poética. “No te puedo decir que eran mil personas: eran más”.

Por supuesto, el gran ozono de Carolina es la poesía, a la cuál no le interesa ponerle roles (“La poesía tiene que ser despojada”, expresa). Lo que sí hay que darle a la poesía es claridad: “La poesía te demanda bisturí, disección, limpieza, higiene al estilo de Todorov.” Carolina Escobar ha publicado los siguientes libros: La penúltima luz (1999) Palabras sonámbulas (2000), Rasgar el silencio (2003), No somos poetas (2006), Patria mi cuerpo. Historia de una mujer desnuda (2009). Y ahora Te devuelvo las llaves (2010).

No me interesa tanto preguntarle de sus muchos títulos académicos (todo el arco licenciatura/maestría/especialización/etcétera) sino más bien opto por preguntarle acerca de sus modelos intelectuales y escriturales. Desconfía de la pregunta, y hace bien. Pero alcanza a darme algunas referencias: El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel; la poesía de Leopoldo María Panero y de Vallejo; Terry Eagleton; Deleuze; Marshall Berman; Rosi Braidoti; Umberto Eco; Italo Calvino; Lezama Lima; Marguerite Duras. Un poderoso boticario. Le pregunto por la Sontag. “Medular”. Y cuando la interrogo acerca de Elena Poniatowska (quien como ya mencioné ha redactado la contraportada de Te devuelvo las llaves), me da una semblanza todopenetrante de la mexicana, imposible de reproducir aquí.

Supongo que es justo preguntarle a Carolina cómo hace uno para balancear la teoría y la práctica. “Yo no tengo la receta: sólo digo que lo que no se traduce en acciones se queda en retórica.”


A la herida le duele el cuerpo

Llegamos al tema: el amor.

Pregunto: Carolina, entre tanta labor profesional, ¿a qué horas te dedicás al amor?

Responde: La cartografía amatoria para mí es esencial”. Responde:El deber de amar es ineludible”. Responde: “Por el amor puedo dejarlo todo”.

Hoy su versión del amor ya no es tradicional. “Yo ya pasé por el matrimonio vestida de blanco”. La clase de amor en la cual ahora cree es aquél en donde hay pactos de adultos. “¿Reglas claras?”, inquiero. Los pactos van más allá del establecimiento de reglas”, me contesta. “En muchos libros de autoayuda me da la impresión que piden reglas. Los pactos se hacen sobre principios. Principios de respeto profundo. No querer cambiarte a ti misma, no querer cambiar a la otra persona.”

Por supuesto el amor trae sus dificultades. Que no me digan que no es un trabajo amar”, dice. Pero, asegura, en los momentos de crisis amatoria es cuando uno mejor conoce a un ser humano.

A veces adviene el divorcio, legal o no. Le pregunto que a quién le tuvo que devolver las llaves. Y por supuesto, se reserva la respuesta. Había que probar, porque para eso es uno periodista, para informar. En fin, me quedaré por toda respuesta solamente con los versos del libro, tan discretos, pero tan desnudos a la vez. Y en especial con uno de ellos, que me ha gustado bastante y vuelvo a leer (ahora que ya encontré el libro de Carolina), y es: a la herida le duele el cuerpo.

Al terminar la entrevista, me entero de un dato muy extraño: Carolina, además de llamarse Carolina, se llama Ofelia. Así le puso su mamá (que por cierto se ha pasado durante toda la entrevista leyendo el libro de la masacre de Panzós, y ya tendrá su cabeza a estas alturas muy llena de masacrados).

Así que Carolina, la cumbiera intelectual, además se llama Ofelia. Eso explica el libro. Eso lo explica todo.

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